Por: Una paciente que recuperó su sonrisa
Durante mucho tiempo, esconder mi sonrisa se convirtió en parte de mi rutina. Cada vez que reía, llevaba la mano a la boca. Cuando hablaba en público, sentía que todos miraban fijamente el hueco que me recordaba una de las etapas más frustrantes de mi vida. Hoy, después de mucho tiempo, quiero compartir mi historia. No solo para desahogarme, sino para ayudar a alguien que ahora mismo pueda estar sintiendo lo mismo que sentí yo: vergüenza, frustración y miedo de volver a confiar en un dentista.
Un error del pasado que pagué caro
Hace años, llevaba brackets. Mi dentista de aquel entonces me dijo: «Cuando terminemos el tratamiento, te colocaremos una corona». Yo confié en él, pero la vida me llevó a cambiar de ciudad y nunca pude regresar. Pasó el tiempo y, al buscar un nuevo dentista para continuar con mi plan dental, llegó el golpe duro: «Señorita, aquí no hay ninguna endodoncia hecha».
Resulta que el diente que yo creía «salvado» estaba en mal estado. Sin saberlo, y aunque no me dolía, acepté que me hicieran una endodoncia porque pensé que era lo correcto. Pero el infierno comenzó ahí: sesión tras sesión, el dentista no lograba terminar el tratamiento de la endodoncia. Me citaba una y otra vez, hasta que la infección apareció.
Estuve mes y medio con dolor e infección, yendo y viniendo a consultas, hasta que un día llegó la sentencia: «Lo siento, no hay nada más que hacer. Hay que perder la pieza».
Llorar por un diente: un duelo invisible
El día de la extracción lloré amargamente. Recuerdo que a mi alrededor algunos no lo entendían: «¿Llorar por un diente? No es un brazo». Pero para mí sí fue una pérdida. Era la primera vez que perdía una parte de mi cuerpo. Fue un duelo real, y quien no lo ha vivido quizá no lo entienda, pero el impacto emocional y estético fue enorme.
El mismo dentista que me extrajo la pieza me sugirió dos opciones: un puente (que implicaba desgastar mis dientes sanos, algo que descarté de inmediato) o un implante bifásico, que requería meses de espera. En ese momento, yo no sabía que existían alternativas.
La búsqueda de una solución rápida
Me dio vergüenza sonreír. Dejé de sentirme cómoda al hablar. Tenía un hueco visible y no quería esperar años para solucionarlo. Necesitaba algo rápido. Me puse a investigar por mi cuenta, horas y horas en Internet, leyendo experiencias, viendo videos… hasta que encontré información sobre los implantes dentales monofásicos.
La promesa era clara sobre los Implantes Dentales Monofásicos: se colocaban y rehabilitaron en cuestión de días, no de meses. Sí, era una inversión fuerte, pero en ese momento, déjenme ser sincera, mi vanidad y mi salud emocional pesaron más que el dinero. Quería dejar de esconderme.
El día que todo cambió
Llegué al nuevo consultorio con miedo escénico, pero con la información muy clara. El doctor fue super amable desde el primer mensaje. Respondió todas mis dudas, me mostró casos mucho más complejos que el mío y me dio una tranquilidad que no había sentido en meses.
Uno de mis mayores temores era el famoso injerto de hueso. Había perdido bastante hueso por la larga infección que sufrí, y otros especialistas ya me habían advertido que sería un paso obligatorio. Pero el doctor me explicó que, con la técnica monofásica, no lo necesitaría. Eso fue música para mis oídos: no más esperas, no más cirugías extra.
La mañana de la intervención llegué, y en cuestión de tres horas, todo había terminado. Salí de ahí con un diente provisional puesto, bonito, estético. Me miré al espejo y volví a reconocerme.
Cuatro o cinco meses después, regresé para colocarme la corona definitiva. Y hoy, cuando me miro al espejo, me siento completamente satisfecha nadie se puede imaginar que tengo un diente falso jajaja.
La salud lo es todo
Si algo aprendí de esta travesía, es que la salud dental es parte de nuestra salud general, y que un problema estético puede convertirse en un lastre emocional enorme. Invertir en mí misma fue la mejor decisión que pude tomar. Ahora entiendo que cuando tenemos salud, lo tenemos todo.
Si tú estás leyendo esto y tienes miedo, o te da vergüenza tu sonrisa, quiero que sepas que no estás sola. Investiga, pregunta, busca segundas opiniones y no te conformes con menos de lo que mereces. Hay soluciones que se adaptan a ti, a tu tiempo y a tu cuerpo.
Hoy, vuelvo a reír sin esconderme. Y créeme, no hay mejor sensación que esa.
Consejos para otros pacientes (desde mi experiencia)
- No te quedes con la primera opinión: Si un tratamiento se alarga sin resultados, algo no va bien.
- Investiga por tu cuenta: Conocer las opciones (como los implantes monofásicos) te da poder para tomar decisiones.
- Tu sentimiento es válido: Da igual si es «solo un diente». Si a ti te duele o te acompleja, es importante.
- Busca un especialista con experiencia: La confianza en el dentista es el éxito del tratamiento.
Si has vivido una experiencia similar, me encantaría leerte en los comentarios. Porque compartiendo nuestras historias, nos ayudamos a sanar.

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